La obsesión por encontrar el método perfecto

Antes de comenzar con este artículo quiero decirte algo que quizá no sea lo que esperabas leer si has llegado hasta aquí buscando una respuesta rápida: no existe una fórmula mágica para escribir una novela. No hay un método secreto, una plantilla perfecta ni una secuencia de pasos capaz de convertir una idea en un libro terminado sin que, por el camino, tengas que enfrentarte a tus dudas, a tus manías, a tus bloqueos y a esa vocecita interior que aparece justo cuando menos falta hace para preguntarte si de verdad sabes lo que estás haciendo.

Te lo digo porque yo también la busqué. Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío, que si no conseguía avanzar como quería era porque todavía no había encontrado el curso adecuado, el libro definitivo o la persona que me explicase, por fin, cómo se escribía una novela de principio a fin sin sentir que una estaba cruzando un bosque a oscuras con una linterna medio fundida. Me suscribí a membresías, asistí a talleres, compré libros sobre escritura y escuché a autores que parecían tenerlo todo clarísimo. Todos tenían sistemas, estructuras, calendarios, esquemas y formas de trabajar que sonaban muy bien sobre el papel.

El problema llegó cuando intenté llevar todo eso a mi propio proceso. Algunas herramientas me ayudaban, sí, pero otras me apagaban por completo. Había métodos que, en teoría, estaban pensados para facilitar la escritura y, sin embargo, a mí me dejaban paralizada frente al documento. Planificaba más de lo que escribía, ordenaba escenas que luego ya no me apetecía desarrollar y terminaba con la sensación de que la historia se me había muerto entre fichas, esquemas y promesas de productividad. Y no, no era porque esos métodos fueran malos. Era porque no todos los escritores necesitamos lo mismo para crear.

Con el tiempo he entendido que escribir una novela no consiste en encontrar el camino que le funcionó a otra persona y recorrerlo con los ojos cerrados. Consiste en aprender a escucharte, en observar cómo reaccionas ante tus propias historias y en construir, poco a poco, una forma de trabajar que no te robe las ganas de escribir. Porque la técnica se puede aprender, la estructura se puede estudiar y los recursos narrativos se pueden mejorar, pero la relación que tienes con tu historia es algo mucho más íntimo. Y ahí no hay plantilla que valga.

Por eso este artículo no pretende venderte un método infalible para escribir una novela. Bastantes promesas grandilocuentes hay ya por ahí, acechando como vendedores de elixires en una feria victoriana. Lo que quiero contarte es algo mucho más honesto: cómo dejé de perseguir la fórmula perfecta y empecé a entender que mi proceso no tenía que parecerse al de nadie más para ser válido.

Cuando planificar demasiado se convirtió en mi peor enemigo

Si me hubieses preguntado hace unos años cuál era el principal problema que tenía a la hora de escribir una novela, probablemente te habría respondido que me faltaba organización.

Veía a otros autores enseñando sus esquemas, sus cronogramas perfectamente calculados, sus carpetas llenas de fichas y sus enormes paneles repletos de notas de colores. Todo parecía estar bajo control. Sabían qué ocurriría en cada capítulo, cuándo aparecería cada personaje y qué giro argumental llegaría cien páginas después. Desde fuera resultaba fascinante. Parecía la solución perfecta para evitar bloqueos, cabos sueltos y reescrituras interminables.

Así que intenté convertirme en una de esas personas.

Cuanto más aprendía sobre planificación, más convencida estaba de que ese era el camino correcto. Empecé a elaborar esquemas cada vez más detallados. Ya no me conformaba con saber qué debía ocurrir en un capítulo. Necesitaba conocer también el objetivo de cada escena, el conflicto, la emoción dominante, la información que debía revelarse y las consecuencias que tendría para la trama. Cuanto más detallado era el plan, más segura me sentía… o al menos eso creía.

Porque la realidad era muy distinta.

Llegó un momento en el que pasaba más tiempo organizando la novela que escribiéndola. Me sentaba frente al ordenador convencida de que estaba avanzando, pero las páginas seguían vacías. Había trabajado durante horas en documentos, esquemas y notas, y sin embargo la historia apenas había dado un paso adelante. Era como construir los cimientos de una casa una y otra vez sin atreverme nunca a levantar las paredes.

Lo peor de todo era que cuanto más detallada estaba la planificación, menos ganas tenía de escribir la novela.

Sé que puede sonar extraño, porque se supone que planificar debería facilitar el proceso, pero en mi caso estaba ocurriendo justo lo contrario. Cuando llegaba el momento de redactar una escena ya sabía exactamente lo que iba a pasar, qué iba a decir cada personaje, qué emoción debía transmitir y cómo terminaría. Había diseccionado tanto la historia que sentía que ya la había vivido. La sorpresa había desaparecido. La curiosidad también. Y para alguien que disfruta descubriendo cosas mientras escribe, aquello era un problema enorme.

Conforme pasaba el tiempo entendí que gran parte de mi motivación nace precisamente de la exploración. Me gusta saber hacia dónde me dirijo, pero también necesito dejar espacio para que los personajes respiren. Necesito que aparezcan conversaciones que no tenía previstas, escenas que surjan de forma inesperada o pequeños detalles que terminen cambiando el rumbo de una trama. Son esos descubrimientos los que me hacen sentarme cada día con ganas de continuar.

Cuando intentaba controlarlo absolutamente todo, esa chispa desaparecía.

Por supuesto, esto no significa que la planificación sea mala. De hecho, conozco autores que construyen novelas maravillosas gracias a ella y que serían incapaces de escribir sin tenerlo todo perfectamente organizado desde el principio. El problema no era la planificación en sí. El problema era que yo estaba intentando encajar en un método que no estaba diseñado para mí. Y creo que eso nos ocurre a muchos escritores cuando empezamos.

Vemos que algo funciona para alguien a quien admiramos y asumimos que también debería funcionar para nosotros. Si no lo hace, pensamos que estamos haciendo algo mal. Que nos falta disciplina, no nos esforzamos lo suficiente o todavía no hemos encontrado la forma correcta de trabajar.

Pero a veces la respuesta es mucho más sencilla: el problema no es que el método sea malo, es que no es nuestro método.

Descubrir eso me llevó bastante tiempo, pero fue una de las lecciones más importantes que aprendí como escritora. Porque en el momento en que dejé de intentar convertirme en una persona que necesitaba planificarlo absolutamente todo, volví a disfrutar del proceso. Empecé a permitirme dejar espacios en blanco, a aceptar que no tenía todas las respuestas desde el principio y a confiar un poco más en mi capacidad para encontrar el camino mientras avanzaba.

Y, curiosamente, fue entonces cuando empecé a escribir mucho más.

La primera vez que entendí que cada escritor funciona de forma diferente

Desde entonces he conocido autores que son capaces de construir historias maravillosas a partir de un esquema de cien páginas y otros que empiezan una novela sin saber siquiera cómo terminará. He hablado con escritores que trabajan todos los días a la misma hora, casi como si fichasen en una oficina, y con otros que escriben únicamente cuando sienten que la historia está preparada para avanzar. Algunos necesitan silencio absoluto para concentrarse. Otros son incapaces de trabajar sin una lista de reproducción sonando de fondo. Hay quienes escriben una novela en pocos meses y quienes tardan años en terminar un manuscrito.

Y ¿sabes qué es lo más curioso? Que ninguno de esos métodos es mejor que otro.

Durante mucho tiempo pensé que sí. Pensé que existían formas de escribir más profesionales, más correctas o más eficientes que otras. Creía que, si conseguía descubrir cómo trabajaban determinados autores, podría replicar sus resultados siguiendo exactamente sus mismos pasos. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Lo que para un escritor supone libertad creativa, para otro puede convertirse en un caos absoluto. Lo que a una persona le aporta seguridad, a otra puede terminar asfixiándola. Hay escritores que necesitan conocer hasta el último detalle antes de empezar y otros que perderían toda la ilusión por la historia si supieran desde el principio cada cosa que va a ocurrir.

Con el tiempo comprendí que la pregunta que llevaba años haciéndome estaba equivocada. Yo quería saber cuál era el mejor método para escribir una novela, cuando en realidad debería haber estado preguntándome cuál era el mejor método para mí. Parece un matiz pequeño, pero cambió por completo mi forma de entender la escritura. Dejé de observar a otros autores buscando instrucciones y empecé a observarme a mí misma. Empecé a fijarme en qué momentos disfrutaba más del proceso, cuándo avanzaba con mayor facilidad, qué herramientas me ayudaban de verdad y cuáles solo me hacían sentir productiva sin estar escribiendo una sola palabra.

Fue entonces cuando entendí algo que hoy me parece evidente, pero que durante años fui incapaz de ver: terminar una novela no consiste en copiar la forma de trabajar de otra persona. Consiste en descubrir cómo funciona tu creatividad, qué necesita tu historia y de qué manera puedes acompañar ambas cosas sin intentar forzarlas constantemente.

Porque al final todos buscamos lo mismo. Queremos sentarnos frente a una página en blanco y llegar algún día a escribir las palabras «Fin». Lo que ocurre es que cada uno recorrerá ese camino de una forma distinta. Y quizá ahí resida parte de la magia de escribir. En que no existen dos procesos idénticos, igual que no existen dos historias iguales.

Por eso, si todavía no has encontrado tu método, no te preocupes. No significa que estés haciendo algo mal. Probablemente solo significa que todavía estás aprendiendo cómo eres como escritor. Y créeme, ese descubrimiento suele ser mucho más valioso que cualquier fórmula mágica que alguien pueda prometerte.

El error de intentar escribir como otros autores

Con los años he llegado a la conclusión de que observar a otros autores es una de las cosas más útiles que podemos hacer como escritores. De hecho, gran parte de lo que sé hoy lo he aprendido precisamente escuchando a personas que llevaban más tiempo que yo recorriendo este camino. Gracias a ellos descubrí herramientas que desconocía, formas diferentes de enfocar una historia y soluciones para problemas que, hasta ese momento, pensaba que solo tenía yo.

El problema nunca ha sido aprender de otros escritores. El único problema es empezar a compararnos. O peor aún: convertir la experiencia de otra persona en una especie de manual que creemos que debemos seguir al pie de la letra.

Porque una cosa es admirar el método de alguien y otra muy distinta asumir que tiene que funcionar exactamente igual en nosotros.

Imagina que un autor te explica cómo consiguió escribir una novela en tres meses. Te habla de sus horarios, de sus objetivos diarios, de las técnicas que utilizó para mantenerse motivado y de cómo organizó todo el proceso. Lo escuchas y piensas: «Esto es justo lo que necesito». Así que reproduces cada uno de sus pasos con la esperanza de obtener el mismo resultado.

Sin embargo, al cabo de unas semanas descubres que estás más cansado que inspirado. Las sesiones de escritura se convierten en una obligación, las palabras empiezan a costarte el doble y aquello que parecía una solución milagrosa acaba generándote más ansiedad que entusiasmo.

Es en ese momento cuando llega la frustración. Porque no solo sientes que no estás avanzando, sino que además te preguntas qué estás haciendo mal. Si ese método le ha funcionado a otra persona, ¿por qué a ti no?

La respuesta suele ser mucho más sencilla de lo que imaginamos. Sencillamente: no somos esa persona.

No tienes su misma personalidad, ni sus circunstancias, ni su forma de crear historias… Tu cerebro no funciona igual. Tu imaginación tampoco. Y lo que impulsa a un escritor a avanzar puede bloquear completamente a otro.

Por eso creo que los métodos de escritura deberían entenderse como una caja de herramientas y no como un conjunto de normas inquebrantables. Podemos probarlas, experimentar con ellas y quedarnos con aquellas que realmente nos ayudan. Algunas encajarán perfectamente con nuestra forma de trabajar. Otras las utilizaremos durante una temporada y después las abandonaremos. Y algunas, simplemente, nunca serán para nosotros.

Y no pasa nada.

De hecho, forma parte del proceso.

Encontrar nuestra manera de escribir consiste precisamente en eso: en probar, equivocarnos, ajustar piezas y descubrir qué nos permite avanzar sin perder la ilusión por el camino. Porque una novela no se termina siguiendo las reglas de otro escritor. Se termina cuando conseguimos construir un proceso que nos permita sentarnos una y otra vez frente a la página en blanco sin sentir que estamos luchando constantemente contra nosotros mismos.

Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que he aprendido durante todos estos años. Que escribir no consiste en convertirte en tu autor favorito. Consiste en descubrir qué tipo de escritor eres tú. Porque solo cuando dejas de intentar caminar con los zapatos de otra persona puedes empezar a recorrer tu propio camino.

Los cursos y libros de escritura sí sirven, pero no como pensamos

Después de todo lo que te he contado hasta ahora, podría parecer que estoy en contra de los cursos de escritura, de los talleres o de los libros dirigidos a escritores.

Nada más lejos de la realidad.

De hecho, si echo la vista atrás, una parte importante de lo que sé hoy se la debo precisamente a ellos. He aprendido sobre estructura narrativa, construcción de personajes, ritmo, puntos de giro, conflictos, diálogos y un sinfín de herramientas que probablemente habría tardado mucho más tiempo en descubrir por mi cuenta. Algunos cursos me ayudaron a resolver problemas concretos en novelas que tenía entre manos y determinados libros me hicieron comprender aspectos de la narrativa que hasta entonces había aplicado por intuición, sin entender realmente por qué funcionaban.

El problema nunca ha sido aprender. El único problema es esperar que alguien nos entregue una solución definitiva.

Creo que muchos escritores nos acercamos a este tipo de contenidos con una expectativa equivocada. Compramos un libro sobre escritura pensando que encontraremos las respuestas que nos faltan. Nos apuntamos a un curso convencidos de que, cuando termine, por fin sabremos exactamente qué hacer para escribir una gran novela. Y cuando eso no ocurre, cuando seguimos teniendo dudas o cuando descubrimos que nuestra forma de trabajar continúa siendo diferente a la del profesor de turno, sentimos cierta decepción.

Sin embargo, con el tiempo he comprendido que ese no es realmente el propósito de estas herramientas. Porque nadie puede decirte exactamente cómo funciona tu creatividad.

Lo que sí pueden hacer es ofrecerte recursos, perspectivas y herramientas que quizá nunca habías considerado. Pueden enseñarte caminos nuevos, mostrarte errores habituales y ayudarte a poner nombre a problemas que llevas tiempo arrastrando sin saber muy bien cómo resolver.

Me gusta pensar que los cursos y los libros de escritura son algo parecido a una caja de herramientas. Cuando la compras no esperas utilizar absolutamente todo lo que hay dentro. Algunas cosas te resultarán útiles durante años. Otras apenas las tocarás. Algunas resolverán un problema concreto en un momento determinado y después quedarán olvidadas en un cajón. Y no pasa nada.

Con la escritura ocurre exactamente lo mismo.

Hay consejos que llegaron a mí en el momento perfecto y cambiaron por completo mi forma de trabajar. Otros, sin embargo, me parecieron inútiles durante años hasta que una novela concreta me obligó a volver a ellos. Incluso hay herramientas que descarté en su momento y que más tarde terminé incorporando a mi proceso cuando ya tenía la experiencia suficiente para entender cómo utilizarlas.

Por eso creo que uno de los mayores errores que podemos cometer es acercarnos a un curso o a un libro buscando una especie de verdad absoluta. La escritura rara vez funciona de esa manera. Lo que funciona para una persona puede resultar completamente inútil para otra. Y lo que hoy te ayuda puede dejar de hacerlo dentro de cinco años, cuando hayas evolucionado como escritor y tus necesidades sean distintas.

De hecho, cuanto más escribo, más me doy cuenta de que aprender a escribir es un proceso que nunca termina.

Siempre hay una técnica nueva que descubrir, una perspectiva diferente que explorar o una herramienta que puede ayudarte a resolver un problema que todavía no sabías que ibas a tener. Y esa es precisamente una de las cosas que más me gustan de este oficio. La sensación de que siempre queda algo por aprender, incluso después de haber terminado varias novelas. Por eso sigo leyendo libros sobre escritura, escuchando entrevistas, apuntándome a formaciones… Pero ya no lo hago buscando una fórmula mágica.

No espero que nadie me entregue un mapa perfecto ni que me diga exactamente cómo debo escribir mis historias. Lo hago porque sé que, entre todas esas experiencias, encontraré herramientas interesantes que podré probar, adaptar o incluso descartar. Y porque cada una de ellas me ayuda a comprender un poco mejor este oficio tan extraño y fascinante que consiste en sentarse frente a una página en blanco e intentar convertir una idea en una historia capaz de emocionar a otra persona.

Al final, creo que esa es la verdadera utilidad de los cursos y los libros para escritores. No enseñarte un único camino, sino ayudarte a descubrir que existen muchos. Y que, tarde o temprano, tendrás que construir el tuyo propio utilizando aquellas herramientas que realmente encajen contigo.

Tu método llegará cuando dejes de buscarlo

Si hay algo que me habría gustado entender mucho antes es que encontrar tu método de escritura no es una meta a la que llegas un día concreto. No hay una mañana en la que te despiertes y, de repente, todas las piezas encajen. No existe una revelación mágica ni un momento en el que una voz celestial descienda para decirte: «Enhorabuena, ya has encontrado la forma correcta de escribir».

De hecho, creo que una gran parte de la frustración que sufrí durante mis primeros años como escritora nació precisamente de esa idea. Siempre tenía la sensación de que me faltaba algo. Pensaba que todavía no había encontrado el sistema adecuado, la organización perfecta o la herramienta definitiva que me permitiría escribir con seguridad. Vivía convencida de que, en algún lugar, había una respuesta que todavía no había descubierto y que cuando por fin lo hiciera todo sería mucho más sencillo.

Lo curioso es que esa respuesta nunca apareció. Y no apareció porque estaba buscando en el lugar equivocado.

Durante mucho tiempo miré hacia fuera. Observaba a otros escritores, estudiaba sus procesos, analizaba sus rutinas y trataba de averiguar qué era lo que les permitía avanzar. Sin darme cuenta, asumí que mi método tenía que parecerse al de alguien más. Que si encontraba a la persona adecuada y aprendía exactamente cómo trabajaba, podría replicar el resultado. Sin embargo, mientras estaba tan ocupada buscando respuestas fuera de mí, pasaba por alto algo importante: mi propio proceso ya se estaba construyendo.

Se estaba formando cada vez que terminaba una novela y descubría qué cosas me habían ayudado a avanzar y cuáles me habían bloqueado. Cuando abandonaba una herramienta que no encajaba conmigo o encontraba una nueva forma de organizar mis ideas. Se perfilaba en los días buenos, en esos en que las palabras fluían sin esfuerzo, pero también en los días malos, cuando me sentaba frente al ordenador convencida de que había olvidado escribir.

Porque la realidad es que nuestro método no aparece de golpe.

Se construye.

Y se construye a partir de la experiencia.

Creo que a veces imaginamos que los escritores experimentados tienen todo perfectamente resuelto, como si después de varios libros hubiesen encontrado una fórmula estable que les acompaña para siempre. Pero cuanto más tiempo llevo escribiendo, más convencida estoy de que tampoco funciona así. Nosotros cambiamos constantemente y nuestra forma de trabajar cambia con nosotros. No somos la misma persona cuando escribimos nuestra primera novela que cuando afrontamos la quinta o la décima. Tenemos más experiencia, más recursos, más confianza y también nuevas dificultades que resolver.

Por eso he dejado de pensar en los métodos de escritura como destinos. Ya no los veo como lugares a los que llegar, sino como herramientas que nos acompañan durante una etapa concreta de nuestra vida. Algunas permanecen con nosotros durante años. Otras aparecen únicamente para ayudarnos a resolver un problema específico y desaparecen después. Y ambas cosas son perfectamente válidas.

Quizá por eso, si hoy tuviera que darle un consejo a alguien que está empezando a escribir y se siente perdido entre cursos, libros, tutoriales y opiniones contradictorias, le diría que tenga paciencia consigo mismo. Que aprenda todo lo que pueda. Que experimente, observe y pruebe mil herramientas diferentes. Pero, sobre todo, que no se obsesione con encontrar una respuesta definitiva.

Porque probablemente esa respuesta no exista.

Conclusión: No necesitas encontrar el método perfecto

Si has llegado hasta aquí esperando que en algún momento te revelase una fórmula secreta para escribir una novela, siento decirte que voy a decepcionarte.

No existe.

Y, sinceramente, creo que es una de las mejores noticias que podría darte.

Durante años pensé que el problema era mío. Creía que, si todavía no avanzaba como quería, era porque me faltaba descubrir algo. Algún sistema de organización más eficiente. Alguna técnica que los demás conocían y yo no. Alguna forma correcta de escribir que todavía se me escapaba. Miraba a otros autores y asumía que ellos sí tenían las respuestas, mientras yo seguía tropezando una y otra vez con las mismas dudas. Con el tiempo comprendí que estaba persiguiendo algo imposible.

No porque los métodos no existan, sino porque cada escritor termina construyendo el suyo propio. Lo hace a partir de sus aciertos, de sus errores, de las novelas que abandona, de las que termina y de todas esas horas que pasa intentando descubrir cómo transformar una idea en una historia completa. Ningún curso puede hacer ese recorrido por ti. Ningún libro puede darte una respuesta definitiva. Y ningún autor, por mucho que lo admires, puede decirte exactamente cómo debes trabajar.

Lo único que pueden hacer es acompañarte durante una parte del camino.